Según el famoso crítico literario Blanchot, un relato deja de ser fantástico cuando el mundo absurdo que contiene es racionalizado por el lector como un mundo posible.
La naturalización del absurdo es entonces uno de los requisitos principales para que lo fantástico exista como tal.
En la actualidad vivimos en un mundo absurdo pero interiorizado como "normal".
Cualquiera de nosotros, habitemos en Latinoamérica o en la China, al comenzar el día y al encender la TV o al hojear el periódico nos topamos con uno de los peores absurdos que nos azotan: la muerte trágica, absurda, producto de accidentes, asaltos, secuestros y atentados; es decir, con una clase de muerte que no debería haber sido, que podría haber sido evitada.
Así es como , a través de los medios de comunicación, la muerte absurda entra a nuestras vidas, a nuestros pensamientos y a nuestras sensaciones como algo más, como puede ser sacar al perro, pasar por el súper o cualquier otro quehacer cotidiano.
Sin embargo, la muerte absurda no es algo más. Por el contrario, cuando creemos que la olvidamos al apagar la TV -sin que nos percatemos y sigilosamente- penetra en el alma, en la sensibilidad, en el día a día. Y se instala allí para someternos-de apoco pero en forma constante-a la servidumbre del miedo y de la manipulación de grupos de poder que hacen de la muerte absurda un puente hacia sus políticas abusivas; un camino hacia el consumo desmedido de productos que no necesitamos; una línea directa hacia el temor a los otros nos convida a encerrarnos tras rejas y puertas blindadas; a elegir quedarnos solos ante una computadora antes de ir a tomar un café con una amigo/a.
La muerte absurda es terrible, porque es muerte y sobre todo porque es absurda.