Mauricio Macri, presidente de la Nación

"La ideología fatalista, inmovilizadora, que anima el discurso liberal anda suelta en el mundo. Con aires de posmodemidad, insiste en convencemos de que nada podemos hacer contra la realidad social que, de histórica y cultural, pasa a ser o a tornarse `casi natural´." Paulo Freire

LATINOAMÉRICA
Calle 13
Soy,
Soy lo que dejaron,
soy toda la sobra de lo que se robaron.
Un pueblo escondido en la cima,
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.
Soy una fábrica de humo,
mano de obra campesina para tu consumo
Frente de frio en el medio del verano,
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano.
El sol que nace y el día que muere,
con los mejores atardeceres.
Soy el desarrollo en carne viva,
un discurso político sin saliva.
Las caras más bonitas que he conocido,
soy la fotografía de un desaparecido.
Soy la sangre dentro de tus venas,
soy un pedazo de tierra que vale la pena.
soy una canasta con frijoles ,
soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles.
Soy lo que sostiene mi bandera,
la espina dorsal del planeta es mi cordillera.
Soy lo que me enseño mi padre,
el que no quiere a su patria no quiere a su madre.
Soy América latina,
un pueblo sin piernas pero que camina.
Tú no puedes comprar al viento.
Tú no puedes comprar al sol.
Tú no puedes comprar la lluvia.
Tú no puedes comprar el calor.
Tú no puedes comprar las nubes.
Tú no puedes comprar los colores.
Tú no puedes comprar mi alegría.
Tú no puedes comprar mis dolores.
Tengo los lagos, tengo los ríos.
Tengo mis dientes pa` cuando me sonrío.
La nieve que maquilla mis montañas.
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña.
Un desierto embriagado con bellos de un trago de pulque.
Para cantar con los coyotes, todo lo que necesito.
Tengo mis pulmones respirando azul clarito.
La altura que sofoca.
Soy las muelas de mi boca mascando coca.
El otoño con sus hojas desmalladas.
Los versos escritos bajo la noche estrellada.
Una viña repleta de uvas.
Un cañaveral bajo el sol en cuba.
Soy el mar Caribe que vigila las casitas,
Haciendo rituales de agua bendita.
El viento que peina mi cabello.
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello.
El jugo de mi lucha no es artificial,
Porque el abono de mi tierra es natural.
Tú no puedes comprar al viento.
Tú no puedes comprar al sol.
Tú no puedes comprar la lluvia.
Tú no puedes comprar el calor.
Tú no puedes comprar las nubes.
Tú no puedes comprar los colores.
Tú no puedes comprar mi alegría.
Tú no puedes comprar mis dolores.
Você não pode comprar o vento
Você não pode comprar o sol
Você não pode comprar chuva
Você não pode comprar o calor
Você não pode comprar as nuvens
Você não pode comprar as cores
Você não pode comprar minha felicidade
Você não pode comprar minha tristeza
Tú no puedes comprar al sol.
Tú no puedes comprar la lluvia.
(Vamos dibujando el camino,
vamos caminando)
No puedes comprar mi vida.
MI TIERRA NO SE VENDE.
Trabajo en bruto pero con orgullo,
Aquí se comparte, lo mío es tuyo.
Este pueblo no se ahoga con marullos,
Y si se derrumba yo lo reconstruyo.
Tampoco pestañeo cuando te miro,
Para q te acuerdes de mi apellido.
La operación cóndor invadiendo mi nido,
¡Perdono pero nunca olvido!
(Vamos caminando)
Aquí se respira lucha.
(Vamos caminando)
Yo canto porque se escucha.
Aquí estamos de pie
¡Que viva Latinoamérica!
No puedes comprar mi vida.
Integra el libro Cuentos de la oficina, de Roberto Mariani.
Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. Él está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. No repares en el sol. Tienes el domingo para bebértelo todo y golosamente, como un vaso de rubia cerveza en una tarde de calor. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra. En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se lo siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles... f... f... f... f... El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú entra.
Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.
¿Qué podrías hacer en la calle? ¿No tienes vergüenza, estúpido sentimental, regodearte con el sol como un anciano blanco, y esqueletoso, y centenario? ¿No te humilla, en tu actual situación de muchacho fornido, dejarte forrar por el viento como una hoja dentro de un remolino?
¡Y la lluvia! No te avergonzaré recordándote que los otros días estuviste tres horas ¡tres horas!, contemplando tras la vidriera del café, caer y caer y caer, monótonamente, estúpidamente, una larga, monótona y estúpida lluvia. Entra, entra.
Entra; penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque, ¡mira cuántos Osram flechan sus luminosos ojos de azufre encendido como pupilas de gata! Penetra en mi carne, y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.
Entra; así tendrás la certeza —que dará paz a tu espíritu— de obtener todos los días pan para tu boca y para la boca de tus pequeñuelos. ¡Tus pequeñuelos, tus hijos, los hijos de tu carne y de tu alma y de la carne y del alma de la compañera que hace contigo el camino! Yo daré para ellos pan y leche; no temas; mientras tú estés en mi seno, y no desgarres las prescripciones que tú sabes, jamás faltará a tus pequeñuelos, ¡los pobres!, ni pan, ni leche, para sus ávidas bocas. Entra; acuérdate de ellos; entra.
Además, cumplirás con tu deber. Tu deber. ¿Entiendes? El trabajo no deshonra, sino que ennoblece. La Vida es un Deber. El hombre ha nacido para trabajar.
Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí.
No te aburrirás; al contrario, encontrarás con qué matizar tu vida. (Además de que es tu Deber). Entra. Siéntate. Trabaja. Son cuatro horas apenas. Cuatro horas. Pero, eso sí: nada de engañifas ni simulaciones ni sofisticaciones. ¡A trabajar! Si tu labor es limpia, exacta y voluntariosa —voluntariosa sobre todo—, los jefes te felicitarán. Tú estás sano; puedes resistir estas cuatro horas. ¿Has visto cómo las has resistido? Ahora vete a almorzar. Y vuelve a hora cabal, exacta, precisa, matemática. ¡Cuidado! Porque si todos se atrasaran, se derrumbaría la disciplina, y sin disciplina no puede existir nada serio. Otras cuatro horas al día. Nadie se muere trabajando ocho horas diarias. Tú mismo, dime: ¿no has estado remando el domingo once o doce horas, cansando los músculos en una labor con el agua que me abstengo de calificar por el ningún remordimiento que se obtiene? ¿Ves tú? ¡Y con inminente peligro de ahogarte! Yo sólo te exijo ocho horas. Y te pago, te visto, te doy de comer. ¡No me lo agradezcas! Yo soy así.
Ahora vete contento. Has cumplido con tu Deber. Ve a tu casa. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana, y todos los días durante 25 años; durante los 9.125 días que llegues a mí, yo te abriré mi seno de madre; después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.
Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás. ¡Pero habrás cumplido con tu Deber! ●
Fuente: http://literaturarioplatense.blogspot.com/2009/06/balada-de-la-oficina.html
Antihéroes
Roberto Mariani, el poeta anónimo de La Boca
Por: Pilar Molina
Escribir sobre Roberto Mariani es comprobar que el éxito y la notoriedad de los Hombres de Letras, depende en muchos casos del ánimo de quien decide arbitrariamente montar escenarios de fama, o reeditar libros que sean negocio.
Mariani nació en el barrio de La Boca en julio de 1893, y se dedicó tempranamente al oficio de periodista en el diario Los Andes, de Mendoza. En esa provincia también hizo sus primeras incursiones en la literatura: escribió su primer libro de poemas Las acequias, y publicó relatos en el periódico La semana. En 1920 regresó a Buenos Aires y se empleó en el Banco de la Nación, de donde fue despedido dos años más tarde por "intentar agremiar con literatura anarquista a los empleados de su oficina".
Colaboró en el periódico Nueva Era, germen del ferviente apoyo a la revolución bolchevique donde publicó El amor grotesco; y fundó una asociación de amigos de Rusia que enviaba a Moscú literatura criolla revolucionaria. Anarquista, solitario, misterioso, participó de las tertulias del grupo de Boedo donde compartió junto con Roberto Arlt y Roberto Payró el espacio de creación de esa redacción.
Elías Castelnuevo cuenta: "Cuando casi todos nosotros, y yo mismo, descreímos del autor de Los siete Locos, Mariani lo defendía con vehemencia y lo cuidaba de las críticas. Recuerdo que corregía sus textos para librarlos de los errores gramaticales tan comunes en Arlt".
En 1925 apareció Cuentos de la oficina, relatos que le dieron una rápida notoriedad de la que Mariani pareció el primer sorprendido. Es, según los críticos, su libro mejor estructurado, el que instala en la narrativa argentina la tipología del hombre de clase media, temeroso por perder prestigio y dispuesto a la humillación para conseguir un ascenso. Cuentos de la oficina recobra hoy una inquietante vigencia: los "proletarios de cuello duro", como él mismo los definió en sus cuentos, describen los días de Mariani como empleado bancario y revelan las finas tramas mentales de la explotación entre hombres de saco y corbata.
El diario Crítica publicó en 1927 un artículo de Mariani sobre el caso Sacco y Vanzetti: "Es injusto condenar a inocentes, pero más injusto, muchísimo más injusto todavía, es someter a un hombre a una horrible incertidumbre durante siete años. Opino que aunque Sacco y Vanzetti fuesen culpables merecen la libertad, porque ya han cumplido una pena capaz de purgar cualquier delito. Aun más porque ningún crimen merece esa pena".
El golpe que derrocó a Irigoyen en 1930 encontró al escritor en la Patagonia, donde urgido por necesidades económicas había viajado para trabajar de chofer.
Desde Esquel escribía cartas a sus amigos lamentando el golpe "reaccionario y antipopular" que sacudió a la Argentina de ese entonces. De regreso en Buenos Aires, Mariani comenzó a esperar a la muerte. "Empezó a sentirse cada vez más cerca de los desposeídos y los miserables, pero a la vez se sentía absolutamente impotente siquiera para predecir un mundo mejor. Se convirtió en un observador incapaz de emitir juicios, se fue volviendo silencioso y completamente escéptico".
En una autobiografía que escribiría más tarde, confesó: "Tuve mis cuatro alegrías y mis ocho dolores. Fui extranjero en todas partes y bebí la sal de todos los vientos. Se ensangrentaron mis puños golpeando portales que no se abrían y mi voz se rompió con el último alarido. Y entonces como en la vieja fábula del zorro y las uvas dije que nada valía nada, porque nada había conseguido apresar. Estoy, pues, como antes de soñar: sin nada. O peor porque ni sueños tengo." En 1943 publicó De regreso a Dios, libro que fotografió la última etapa de su vida caracterizada por la resignación, y por un absurdo contrato con la muerte que finalmente se cobró su parte en 1946 con un infarto al corazón como excusa.
Osvaldo Soriano lo recuerda: "Roberto Mariani fue uno de los más brillantes narradores del infortunio y la desesperación y quizá por eso su obra estaba destinaba a esfumarse de la historia de la literatura. Dos escritores (Eduardo Suárez Danero y Luis Emilio Soto) han dedicado algunas páginas a Mariani; son los únicos testimonios que deja su generación. A años de su muerte, su vida y su obra están envueltas en una injusta nebulosa.". Lo que queda es una edición de Cuentos de la oficina de 1998, artículos perdidos en las bibliotecas de coleccionistas, y crónicas de las críticas de sus relatos en diarios de la época. Lo demás es silencio.
(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°05)
Fuente: http://www.revistasudestada.com.ar/web06/article.php3?id_article=273

Los científicos yanquis descubren un método científico-tecnológico para seleccionar ocho minutos del recuerdo de alguien que sufrió un atentato para poder conocer y modificar cualquier consecuencia que de esos ocho minutos derive y prevenirse en el futuro de, por. ej. , de futuros ataques terroristas.
Para que el sistema funcione, un soldado yanqui, o lo que queda de él, se encuentra en una cápsula y en su memoria insertaron los últimos ocho minutos de un tren con destino a Chicago, que va a ser el primer objetivo de un terrorista.
El objetivo del soldado, gravemente mutilado y a nivel médico ya muerto, aunque no lo sabe aún, es identificar entre los cientos de pasajeros del tren a quién puso la bomba y sonsacarle cuál va a ser el próximo objetivo. Al respecto, las autoridades militares sospechan que el próximo atentado ocurrirá en el centro de Chicago.
El militar vuelve una y otra vez a la misma escena; y en cada regreso, aprende, es decir, descubre nuevas estrategias para solucionar el problema que le presentaron.
A medida que los regresos se suceden, la subjetividad del soldado toma protagonismo en la historia. No le sirve tomar la propuesta que le ofrece el alto mando de las fuerzas y ser mártir, glorificado por la guerra y los servicios a la patria, si no obtiene algo que alimente su subjetividad a cambio. Pide que se lo comunique con su padre en varias oportunidades, pero no obtiene respuestas a su pedido.
Extenuado, en su último regreso al tren, identifica al terrorista, y al núm. de patente de la camioneta que este maneja, cargada con una gran cantidad de explosivos para un próximo atentado.
De regreso a la cápsula, informa a las autoridades militares de sus descubrimientos, y pide que lo desconecten.
Cuando todos están embebidos en la algarabía del triunfo, pide a la militar que lo acompañó y guió desde “fuera” un último regreso para salvar a las personas del tren, pese a que le habían explicado que esos ocho minutos de gracia no permitían cambiar “la realidad”, solo adelantarse a posibles acciones dañinas en el futuro.
La militar, llevada por sus sentimientos, reenvió al soldado al tren, con la condición que después de eso él sería desconectado.
Una vez en el tren, el soldado capturó al terrorista, avisó a las autoridades, y se permitió, por primera vez en todos sus regresos, dejarse llevar por sus sentimientos y besó a Cristina, la mujer que siempre aparecía delante de él y lo había enamorado.
En ese preciso momento, concluyeron los ocho minutos y el tiempo en el tren se congeló. Desde “afuera” la militar que guiaba el proceso, habiendo desobedecido la orden del jefe, se encerró en la sala donde yacía lo que quedaba del soldado.
Cuando se cumplió el tiempo establecido, accionó un botón del que dependía la vida del soldado. Sin embargo, del otro lado la vida se reactivó y volvió a fluir, creando así una realidad paralela a la que era considerada la única realidad.
Carden (Morgan Freeman), un ex agente de
En una de sus misiones, los mercenarios asesinan al hijo de un importante empresario norteamericano, que se mostró en contra de investigaciones científicas con células madre. Pero cuando van a efectuar la segunda parte del contrato Carden realiza una mala maniobra con el auto y termina en el hospital y preso. La policía de provincia averiguó sus datos y lo busca el FBI para asesinarlo porque el ex agente había realizado trabajos sucios que debían ser “borrados”.
En forma paralela, un exigente profesor de escuela, Ray (John Cusack), tiene problemas con su hijo Cris, luego de la muerte de su esposa.
Ray, para intentar “contactarse” con su hijo lo invita a éste a un campamento en un bosque rocoso vecino.
Carden va en viaje a la muerte segura, conducido por un auto del FBI hacia las entrañas mismas del poder de los órganos estatales de inteligencia. Sin embargo, sus compañeros quieren cobrar el botín. Así es como tienden una trampa en medio de la montaña y hacen caer al auto del FBI a un río de abundante caudal. Carden se las arregla para dispararle a su custodio y terminan juntos a merced del río. El oportuno profesor de escuela al ver a los hombres debatiéndose en el agua decide ir a ayudarlos. Antes de morir el custodio le encarga a Ray las llaves de las esposas de Carden y su pistola.
A todo esto, el nuevo mercenario de Carden, Davis, tiene otro contrato que cumplir: la muerte de su jefe pagada por las altas esferas del FBI.
A partir de allí, comienza para los tres fugitivos una travesía por entre paisajes de bosques, ríos, acantilados y montañas, sin olvidarnos de que llueve torrencialmente y que tanto la policía, el FBI como los mercenarios están buscando a las mismas tres personas: a Carden, Ray y Chris.
En medio de su huida los tres fugitivos se encuentran como una infeliz pareja norteamericana de clase media que están en medio de la montaña acampando con la intención de fortalecer su desastroso matrimonio, aunque el inminente divorcio no se hace esperar.
En medio de una contienda con los mercenarios muere de un balazo el antipático esposo. Sandra, ahora viuda, no muestra el más mínimo sollozo y mientras aprende a manejar un revolver mira con buenos ojos a Ray.
La felicidad que los nuevos tortolitos, el niño aventurero y el intrépido abuelito Carden. Encuentran en una pequeña casa refugio en la montaña no durará mucho.
Los amigos de Carden encontraron el escondite y se aprestan a tirarlo abajo si no entrega Ray a Carden. Las balas llueven a millones y una de ellas tiene destinada Davis a su jefe. Pero yerra y su jefe, ahora conocedor de la traición puede escapar.
Mientras tanto, Sara, viuda y novel vaquera aprende a tirar del gatillo y mata a uno de los malos. Los restantes, salvo el traidor Davis, irán cayendo en manos de Chris y el propio Ray.
En medio de la confusión Ray es rasguñado por un cuchillo y su hijo se va de paseo con el abuelo Carden que lo lleva de vacaciones.
El FBI está atento. Suponen que Carden tiene intenciones de cerrar su contrato y, según ellos, su víctima será… ¡¿El presidente?!
Sin embargo Carden tiene otro objetivo: matar al multimillonario contra científico.
Ray, ¡mirando
Carden envalentonado va a Washington y amenaza de muerte a la jefa del FBI que lo quería borrar del sistema, y le aconseja que no toque ni a su nuevo amigo Ray ni al hijo de éste Chris.
En las ultimas escenas de este lamentable film, nos encontramos con Ray, Sandra y Chris disfrutando de una feliz barbacoa. Los alumnos de Ray corren y juegan felices y en las sonrisas del profesor y la reciente viuda se ve un soberbio casamiento en puerta.
Un fantasma escurridizo en el Lola Membrives
UN ligero viento primaveral sopla en las puertas del Lola Membrives mientras una larga lista de cholulos se sacan fotos con Liz Solari, Teresa Calandra y ¡¿el hijo de Teresa?! (Parece ser que el mocete está haciendo sus primeros pinitos en
Prendí un pucho y esperé. A los pocos minutos la corta cola de entrada comenzó a galopar hacia adentro. Otra vez: famosos, o quienes quieren serlo, pero esta vez tomando champán como si fuera la última vez que lo probaran en sus vidas. Otra vez: flashes, risitas y besitos y yo esperando que alguien me dijera dónde demonios estaban mis asientos. Giré la cabeza, un cartel con muy pocas ganas rezaba P U L L M A N en voz baja. Subí la escalera, una interminable escalera que terminó en la cara de bobo del acomodador que me ofrecía un programa a la vez que estiraba la mano en busca de su recompensa. Hice caso omiso a su gesto y subí al tanteo y pegado como salamandra a la única pared que se me ofrecía. Entre docenas de pies desnudos, piernas y zapatos encontré por fin mi banquillo de espectador. Pese a estar al lado del aire acondicionado, estoy seguro que él, sufría de asma crónica. Ni un pequeño desliz de aire fresco se coló por la abarrotada sala.
A lo lejos, unas butacas más abajo, una madre divorciada y con complejo de culpa arrastraba a su madre y a su retoño por entre el mar de piernas y pies y zapatos.
Al principio comenzó la obra. Cibrián cantó y hasta se permitió unas simpáticas morisquetas. Malher, como siempre con su sonrisa pegada a la boca, blandió la batuta y los ángeles con violines, violas, contrabajos y percusión bajaron del cielo.
Lo que pasó a partir de ese momento es otra historia…